
La sierra de ingletes volvió a resbalar sobre el listón de poliestireno y las virutas blancas saltaron hasta mi taza de café, todavía caliente, encima de la mesa del salón. Llevaba toda la mañana peleándome con esquinas a 45 grados, decidida a llenar de molduras la pared vacía detrás del sofá, aunque vivo de alquiler y cualquier agujero de más se nota en la fianza cuando llega el momento de irme. Encima de mi cabeza seguía la cornisa de escayola que nadie ha tocado desde que levantaron este edificio del casco histórico de Murcia, en los años setenta, recordándome que el salón pedía algo con relieve, no solo cojines bien colocados y un par de plantas.
Las molduras en una pared de alquiler: la idea que no me dejaba dormir
Semanas antes había empezado a devorar vídeos sobre decoración clásica, de esos que enseñan cuarterones y marcos que dan un aire señorial a cualquier pared sosa. El problema es que las molduras tradicionales, de madera o de escayola de verdad, pesan una barbaridad y se fijan con clavos o pegamentos de montaje que arrancan el yeso en cuanto los tocas. No las tenía todas conmigo con esto de meterme en un proyecto así sin saber bien dónde acabaría, pero quería que esa pared se convirtiera por fin en el punto focal del salón, el sitio donde se queda la vista al entrar.
Fue buscando una alternativa más ligera cuando dí con el poliestireno extruido, el XPS. Pesa casi nada, parece corcho blanco de embalaje por fuera, pero tiene una superficie lisa que, pintada, engaña al ojo sin problema. Me pasé varias noches con la cinta métrica, calculando cuántos listones necesitaría para tres marcos grandes detrás del sofá, sin tener aún ni idea de cómo los iba a pegar sin dejar la pared hecha un cristo cuando llegara el momento de quitarlos.
Un sábado con la caja de ingletes de Almudena
Empecé un sábado por la mañana, con los listones ya comprados y una caja de ingletes que me prestó Almudena, mi compañera de curro, sin hacerme ni una pregunta de más. El primer problema llegó enseguida: para que las esquinas de un marco cierren bien hace falta cortar a 45 grados exactos, y el chirrido de la sierra manual contra el poliestireno me ponía los pelos de punta. Las bolitas blancas se me pegaban a los brazos por la electricidad estática y terminaron por todo el salón, hasta dentro del café.
Monté las primeras piezas en el suelo y todo parecía cuadrar, pero al llevarlas a la pared nada encajaba del todo. Resultó que la pared tenía una curvatura mínima, de esas que no se ven a simple vista pero que arruinan un ángulo perfecto. Pasé horas lijando los bordes a mano para compensar esos milímetros, aprendiendo a la fuerza que en una casa real la escuadra es solo una sugerencia, no una promesa.

El calor de julio derritió mis planes
Para fijar los marcos usé al principio una cinta de doble cara de alta resistencia que prometía ser removible, y durante varias semanas aguantó de maravilla. El salón cambió entero: la luz ambiente de las lámparas de mesa por la noche, dentro de la iluminación por capas que monté hace tiempo en este salón, dejaba sombras suaves sobre el relieve de las molduras, y empecé a imaginarme cómo sería crear un rincón de lectura acogedor en un salón pequeño de alquiler justo al lado, aprovechando esa misma pared.
Entonces llegó una tarde de calor de verdad en julio. En Murcia el termómetro no perdona, y una noche, viendo una serie, escuché un chasquido seco: una de las molduras de arriba se había descolgado y había arrastrado a sus vecinas. El pegamento se había vuelto blando con el calor y había soltado el peso. Me sentí bastante tonta, la verdad, preguntándome cómo iba a sujetar aquello sin recurrir a un pegamento tan fuerte que me costara la pintura original al despegarlo.

El truco que encontré una mañana en el Mercadillo del Ranero
Un domingo, con la pared todavía a medias y los ánimos bajos, fui a dar una vuelta por el Mercadillo del Ranero, más para despejarme que por buscar nada en concreto. En un puesto de marcos y cuadros viejos vi cómo el vendedor montaba cada cuadro sobre una base de cartón pluma antes de colgarlo, y ahí se me encendió la bombilla: en vez de pegar cada listón directo a la pared, podía montar los marcos completos sobre planchas finas de cartón pluma y pegar solo esa base.
Pegué los listones de poliestireno al cartón pluma con un adhesivo de montaje normal, ya sin miedo porque el cartón era mío, no de la casera. Una vez montado el marco sobre su base rígida, bastaba con fijar el panel entero a la pared con unas tiras adhesivas de las que se usan para cuadros pesados, de esas que se quitan tirando de una pestaña sin dejar rastro. Al repartir el peso en una superficie más grande, el calor de agosto ya no fue un problema. Por el camino me acordé de la alfombra enorme que compré hace tiempo sin medir el salón, que se quedó encajonada entre el sofá y la mesita durante meses. Desde entonces mido dos veces y confío menos en el ojo, y aquí volví a aplicar la misma regla casera de medir antes de cortar nada.

Rematar las juntas para que parezcan de escayola real
Con el truco del cartón pluma resuelto, las esquinas seguían viéndose un poco caseras, así que usé una masilla ligera de relleno, de esas que parecen nata montada, para tapar la unión entre el listón y la base. Conviene respetar el tiempo de curado de estos adhesivos y masillas, que suele rondar las 24 horas, antes de pintar encima. Confieso que la primera vez no aguanté tanto y tuve que repasar una esquina al día siguiente.
Al día siguiente lijé las juntas con calma y pinté todo el conjunto, moldura y base, con una pintura mate del mismo tono que la pared. En la tienda llevé un trozo de yeso que se había saltado detrás de un radiador para que me sacaran el color exacto, algo que ya había hecho tiempo atrás al elegir la paleta de color del pasillo. Visitación, la vecina del tercero B, se cruzó conmigo en el portal con un bote de pintura en la mano y, al ver el resultado por la rendija de la puerta, dijo que le recordaba a las láminas de sus revistas de decoración de los noventa, esas que guarda todavía y que yo le he hojeado más de una vez. Al ser todo del mismo color, el cartón pluma desaparece y las molduras parecen salir directamente de la pared, como si llevaran ahí desde que se construyó el edificio.

Las molduras sin dejar marca en la pared
Un par de días después hice la prueba que de verdad me importaba. Despegué un trozo sobrante que había fijado en una esquina poco visible para ver qué pasaba debajo. Tiré de la tira con el corazón encogido, y la pintura de debajo seguía intacta: ni una marca, ni una mancha de grasa, ni un desconchón. Ahí supe que había dado con una fórmula que funciona de verdad en un piso de alquiler, sin depender del taladro que aquí tengo medio prohibido y sin jugarme la fianza por un pegamento demasiado agresivo.
El resultado cambió también cómo se comporta la luz del salón. Cuando el sol entra de lado por la tarde, las molduras crean un juego de volúmenes que hace que el espacio parezca más caro de lo que es en realidad. Me ha gustado tanto que ya estoy pensando en algo parecido, más fino, para iluminar un pasillo estrecho y oscuro en casa de alquiler, a modo de pequeña galería.

Esto es lo que me llevo de esta pared
Hacia la quinta semana del proyecto cambié también las cortinas del salón, y esa primera tarde con ellas puestas la luz de las seis entraba mucho más tamizada sobre las molduras nuevas, casi dorada en vez de plana. Fue un cambio pequeño, pero encajaba con el resto: el salón entero se sentía distinto a esa hora.
Alrededor de esta pared sigue el resto del salón tal cual lo he ido montando estos meses: el módulo de almacenaje vertical junto a la ventana, las estanterías con su propia lógica de composición, la mesita de madera maciza que rescaté en lugar de una de laminado, las plantas repartidas según la luz de cada rincón y el espejo que le da algo de amplitud visual a la zona de paso. Pensé también en zonificar ese rincón de lectura sin cortar el flujo de circulación hacia la cocina con el grosor del marco.
Entre vídeos, foros y bastante prueba y error he aprendido más de lo que esperaba, aunque sé que no es lo mismo que una formación de verdad, y tampoco pretendo que lo sea. No era la primera vez que recurría a revestimientos adhesivos reversibles en este piso, como ya hice en el baño, ni la primera vez que pintaba sabiendo que algún día tendría que devolver la pared a como estaba. Si hubiera usado madera de verdad para las molduras, el peso habría hecho imposible cualquier adhesivo removible, y si hubiera pegado los listones directo a la pared, probablemente habría acabado pintando todo al irme. La lección que me llevo, la que repito cada vez que empiezo algo nuevo en este piso, es sencilla: mide dos veces, prueba primero en un trozo que no se vea, y confía más en repartir el peso que en buscar el pegamento más fuerte.
Para cerrar el look añadí algunos detalles naturales, porque el estilo clásico de la pared pedía algo de calidez orgánica frente a tanta línea recta. Busqué ideas para decorar con cestas de mimbre y organizar mi piso pequeño y coloqué un par cerca del sofá. El contraste entre la estructura rígida de las molduras y la textura más suelta del mimbre es, para mí, el equilibrio que estaba buscando desde el principio.