Rincalda

Ideas para decorar con cestas de mimbre y organizar mi piso pequeño

Ideas para decorar con cestas de mimbre y organizar un piso pequeño con fibras naturales

Dos centímetros. Eso fue lo que le faltó a una cesta de mimbre para entrar bajo mi cama, y aun así fue la compra que más partido me ha dado este verano. Resume bastante bien lo que llevo probando con las fibras naturales: en un piso pequeño, la decoración low cost y la organización del hogar salen bien cuando cada cesta tiene un destino medido de antemano y algo de aire a su alrededor, y salen mal cuando compras por antojo y ya veré dónde la meto.

Llevo tres años peleándome con este piso de alquiler, con sus paredes intocables y esa sensación de que nada es del todo tuyo. No soy interiorista ni pretendo serlo: solo tengo cincuenta metros cuadrados que no perdonan el desorden y unas ganas enormes de que no parezcan un trastero. Las cestas me atrajeron por motivos muy prácticos: pesan poco, son baratas y, si me mudo, se vienen conmigo sin montajes ni dramas.

Fibras naturales en un piso de alquiler pequeño

El detonante fue un montón de zapatos en la entrada. Volvía del trabajo con las bolsas de la compra, tropecé con ellos a mediados de mayo, cuando Murcia ya empieza a avisarte del calor, y me quedé mirando aquel rincón con más agobio del que me daban los treinta grados de la calle. Quería orden, pero no más muebles de plástico ni de metal, de esos que convierten una casa en oficina.

Antes de comprar nada hice lo de siempre, que es perder horas entre vídeos y blogs. Lo que me convenció fue leer que las fibras naturales dejan respirar los textiles, algo que se agradece en Murcia, donde el calor y algo de humedad estropean lo que guardas en cajas de plástico cerradas. También aprendí, medio de pasada, que «mimbre» habla más de la técnica de tejido que del material, y que por aquí se trabaja mucho con varas de sauce, el Salix viminalis. No me metí más a fondo porque tampoco es mi terreno.

Zapatos amontonados en la entrada de un piso pequeño de alquiler antes de organizarlos con cestas de mimbre

Mi plan era sencillo: cambiar el caos por texturas orgánicas. En un alquiler no compensa gastar en armarios a medida, y una cesta aporta cuerpo y relieve sin tocar nada de lo que el casero me ha prohibido tocar. Eso sí, como pasa casi siempre en esta casa, el primer intento salió torcido.

Tres cestas sin margen: el fallo del mercadillo

Una tarde de julio, con un calor que pegaba la ropa a la espalda, me paré en un mercadillo cerca del paseo del Malecón, junto al Segura, y vi un juego de cestas de nido, ya sabéis, las que van una dentro de otra: una grande, una mediana y una pequeña, tres piezas. Me pareció un chollo. En mi cabeza la grande iba directa debajo de la cama, con las sábanas de invierno dentro, para despejar el armario.

Al llegar a casa, la grande no entraba bajo el somier por un par de centímetros. La empujé con más ganas que cabeza y solo conseguí sentirme tonta, sentada en el suelo y rodeada de mis tres adquisiciones nuevas. No era la primera vez que compraba sin medir: con una alfombra grande me pasó algo parecido y acabó encajonada entre los muebles. Sin metro en la mano, esto de «compro y ya veré» no funciona.

Juego de tres cestas de mimbre en nido para decorar low cost con fibras naturales

La cesta grande terminó junto al sofá, guardando mantas de entretiempo. No era su destino original, pero así comprobé que el mimbre es flexible en el uso aunque sea rígido en las medidas. Si os pasa lo mismo, no os agobiéis: una cesta nunca sobra, solo cambia de habitación.

Dejar respirar el mimbre en las estanterías abiertas

Aquí va la parte menos vistosa. Copiando lo que veía en Instagram, puse varias cestas juntas en una estantería abierta para la papelería y los cables, y salió mal. En un piso pequeño la textura del mimbre pesa muchísimo a la vista: al agruparlas hice un bloque abigarrado que empequeñecía el salón entero.

Ahora las reparto de una en una, como puntos focales (esa palabra la aprendí en un curso online y viene a ser el sitio donde se te va la vista al entrar). Una cesta aquí, otra allá, nunca un bloque compacto. Con lo que conté en ideas de almacenaje para pisos pequeños sin reformas pasa igual: el mueble tiene que poder respirar.

Mi prueba es sencilla y nada científica: si al mirar la estantería la vista se me queda en la trama del mimbre y no en lo que hay dentro, sobra una cesta y la saco. Con esa regla he ido vaciando estantes hasta que volvían a respirar.

Cesta de mimbre colgada en la pared del recibidor para organizar llaves en un piso pequeño

En agosto las cestas subieron a la pared y llegaron al baño

Durante las vacaciones de agosto, con más tiempo y menos ganas de salir a la calle por el sol, me puse a probar cosas con la distribución. Las cestas no tenían por qué vivir siempre en el suelo. Cogí la pequeña del juego y, con un colgador de los que no dejan marca (mi casero odia los taladros), la puse en la pared del recibidor. Ahí dejo ahora las llaves y la correa del perro, y una pared que estaba vacía ha ganado volumen.

Almudena, mi compañera de trabajo, me oyó contar lo de la cesta de la pared y soltó un «pues queda bien» sin más alharacas; decorar no es lo suyo, pero nunca me ha frenado un proyecto.

También me atreví con el baño, aunque no las tenía todas conmigo por miedo a la humedad. Me contaron que el ratán aguanta algo mejor que el mimbre de sauce tradicional, así que puse una cesta estrecha para los rollos de papel higiénico. Parece una tontería, pero ver fibra en lugar del plástico del paquete cambia el baño más de lo que esperaba. Todos estos retoques no me costaron más que una compra semanal en el súper.

Gato curioseando una cesta de mimbre, una fibra natural que exige vigilancia con mascotas

Gatos, polvo y otras letras pequeñas del mimbre

No todo salió redondo. Si tenéis mascotas, el mimbre es un imán: una tarde encontré a mi gato usando la cesta de las revistas como rascador profesional. Tuve que cambiarla de sitio y ofrecerle algo que le gustara más, y desde entonces coloco las cestas lejos de sus rutas favoritas.

El mantenimiento existe. Una vez al mes paso el aspirador con la boquilla de cepillo suave, porque en una ciudad tan polvorienta las tramas atrapan de todo. Es un precio pequeño por no vivir rodeada de plástico. Me pasó como con lo que aprendí usando papel pintado autoadhesivo: no hace falta que el material sea perfecto, sino saber convivir con sus defectos.

Detalle del tejido de una cesta de fibras naturales de ratán para organizar el hogar

Lo que le contesté a Visitación al cabo de doce semanas

Han pasado unas doce semanas desde aquella tarde en el mercadillo y los zapatos ya no se ven: viven en una cesta rectangular bajo el banco de la entrada. Visitación Llorente, mi vecina del tercero B, bajó a tomar un café, se quedó parada nada más cruzar la puerta y comentó que en mi casa olía muy bien. Yo no tengo una sola vela ni un ambientador, así que me puse a mirar alrededor como quien busca un culpable; sospecho de las cestas, aunque no lo he comprobado.

Mientras removía el café, Visitación soltó tres preguntas de golpe: cuánto me había costado todo aquello, cuánto había tardado y si cambiaría algo. A las dos primeras contesté sin cifras, porque ni yo las tengo claras: lo que cuesta una compra semanal, más o menos, y un verano entero de ir probando y equivocándome.

Lo que cambiaría es el orden de las cosas. Ahora, antes de comprar una cesta, apunto en el móvil el alto, el ancho y el fondo del hueco donde va a vivir, y salgo de casa con el metro en el bolso. Es justo lo que me faltó aquella tarde de julio.

Hoy, a finales de septiembre, vuelvo de pasear por el Malecón con la correa del perro y la cuelgo en la cesta del recibidor. Si os lleváis una sola idea de estas notas, que sea esta: medid el hueco antes de enamoraros de la cesta. Lo demás, dónde va cada una y cuántas aguantan juntas, se arregla moviéndolas de sitio, porque el mimbre será rígido en las medidas, pero es muy flexible en el uso.

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