
Tres bombillas fundidas en una sola tarde fue lo que me hizo reservar, por fin, plaza en una formación de interiorismo: había cambiado la lámpara de techo del salón sin comprobar antes el voltaje de la instalación, y aquel cortocircuito terminó de convencerme de que decorar a ojo se me había acabado la suerte. Llevaba meses dándole vueltas a la decoración de mi piso de alquiler aquí en Murcia, ese tipo de vivienda que nunca acaba de sentirse del todo tuya, y el estilo de mi hogar seguía sin cuajar por mucho que cambiara cosas sueltas. Decidí ponerle nombre al problema antes de gastar un euro más.
Antes de seguir, la transparencia de siempre: en este diario cuento mi proceso y algunos enlaces llevan a cursos que yo misma seguí. Si te matriculas a través de ellos me llevo una pequeña comisión que ayuda a mantener este blog, sin que a ti te cueste nada extra. Solo hablo de lo que de verdad usé en mi propio salón.
El salón que ya no aguantaba otro parche
El salón llevaba dos años en ese punto muerto en el que vas comprando cosas para tapar el problema sin arreglar nada de fondo. Una funda de sofá que parecía sacada de otra casa, un par de láminas colgadas sin pensar en la pared que tenían detrás, una estantería que compré por sus medidas y no por lo que iba a poner dentro. Nada terminaba de cuajar, y cada compra suelta me dejaba con la sensación de haber tirado el dinero otra vez.
La cambié un sábado, convencida de que una pantalla nueva y unas bombillas de luz cálida arreglarían de golpe lo apagado que se veía el salón por las noches. En menos de un cuarto de hora se fundieron las tres bombillas, una detrás de otra, y me quedé a oscuras con la caja todavía abierta en el suelo del salón, preguntándome si el problema era yo o la instalación del piso.

Por qué un máster y no otro curso más ligero
Ese apagón fue el empujón final, pero la decisión venía de antes. Me apunté al MÁSTER en Diseño y Decoración de Ambientes y Espacios Interiores sin tenerlas todas conmigo con esto, porque mi experiencia hasta entonces se limitaba a pintar paredes de mi piso de alquiler y poco más. No buscaba diseñar casas de revista, sino entender por fin por qué mis ideas se veían bien en mi cabeza y fatal en la pared.
Lo que me convenció fue que el programa trataba el diseño de interiores como un oficio con criterios, no como una lista de tendencias que cambia cada temporada.
Si alguien solo quiere arreglar su propio salón sin meterse en algo tan denso, sé que hay opciones más cortas, como el curso de Diseño de Interiores y Decoración del Hogar Profesional, que ojeé antes de decidirme; a mí, en cambio, me pedía el cuerpo algo con más recorrido.

Lo que me llevó la formación en interiorismo, sin volverme experta en nada
De los módulos me quedé con ideas sueltas, no con una lista de reglas para recitar. Aprendí a fijarme en el punto focal de cada rincón antes de llenarlo de cosas, y a pensar la paleta de color del salón antes de comprar nada, no después. También até cabos con algo que ya intuía: que hay una manera de calcular el tamaño de alfombra que le corresponde a cada salón, y que yo llevaba tiempo haciéndolo a ojo.
Otro bloque hablaba de luz ambiente y de iluminación por capas, de cómo combinar puntos de luz distintos según la hora del día en vez de depender de un solo plafón central. Hasta entonces yo ni siquiera sabía que esas dos cosas se trataban por separado. Mi experiencia con la distribución del salón cambió bastante en cuanto entendí que el flujo de circulación por la habitación pesa tanto como la estética a la hora de colocar cada mueble.
También descubrí que lo mío tenía nombre, o algo parecido: un estilo decorativo con el que me sentía cómoda, aunque nunca lo hubiera sabido explicar antes. De cómo organizaba las horas de estudio entre la oficina y los findes escribí aparte, en lo que aprendí al estudiar diseño de interiores a distancia, así que no me repito aquí.

El salón dejó de parecer una sala de espera
Por esas semanas también cambié las fundas de los cojines del salón, unas que encontré un sábado en el Mercado de Verónicas. Todavía me acuerdo del olor a plástico y a tela nueva cuando las saqué de la bolsa en la mesa de la cocina, ese olor que tienen las cosas recién compradas antes de lavarlas. Nada del otro mundo, pero fue la primera compra que hice ya sabiendo por qué la hacía.
La lámpara, ya con la bombilla correcta y la instalación revisada, la encendí bien entrada la quinta semana del máster, cuando tocaba el módulo de iluminación. Me senté en el sofá esa noche y, por primera vez desde que vivo aquí, el salón no me pareció la sala de espera de un ambulatorio: me apetecía quedarme en él. No fue una revelación grande ni nada que pueda explicar en una frase, solo el punto en el que noté que las piezas sueltas por fin encajaban entre sí.
Mi amiga Ascensión pasó a verlo esa misma semana, como hace cada vez que cambio algo en casa, con un esqueje de una de sus plantas envuelto en papel de cocina húmedo, como siempre. Miró la lámpara, miró los cojines nuevos y solo dijo que por fin parecía un salón donde se pudiera leer un rato sin ganas de irse a otro sitio.

Decorar para vivir aquí, no para la próxima visita

El vecino del primero, Serafín, es de pocas palabras, pero las que dice suelen servir para algo. Le pregunté hace tiempo si podía pintar sin líos con la fianza y me contestó en dos frases sobre pintura reversible que resultaron más útiles que media tarde buscando en internet.
Sigo en un piso de alquiler, con paredes que no son mías y una fianza que cuidar, y esa parte no ha cambiado. Lo que cambió es que ahora entiendo por qué una idea funciona antes de comprarla, en vez de comprar primero y cruzar los dedos después. Si algo me llevo de estos meses es justo eso: entender el porqué evita más dinero tirado que cualquier oferta o cualquier cojín bonito en una foto.
Si tu salón también arrastra parches de hace tiempo, no hace falta que te metas en un máster para empezar — a mí me sirvió, y ahí sigue el enlace al MÁSTER en Diseño y Decoración de Ambientes y Espacios Interiores por si te pica la curiosidad, pero lo primero, de verdad, es dejar de comprar cosas sueltas y mirar el conjunto. ¿Tienes tú también alguna lámpara, alfombra o cortina que compraste con prisa y que todavía no encaja del todo?